Decía E. A. Poe en la Filosofía de la composición que el tema literario por excelencia, por bello y por reiterado, es aquel en que se juntan los dos temas más tópicos de todos los tiempos, esto es, el amor y la muerte, es decir, la muerte de la persona amada.
Hay grandes escenas a lo largo de los tiempos en todas las artes que representan este motivo. Petrarca deseando a su Laura, Dante a Beatriz, Garcilaso a Elisa, Espronceda a Teres. Una de las más bonitas es la representación del mito clásico de la historia de Orfeo y Eurídice.
En la boda de Orfeo y Eurídice se apagaron las antorchas, presagiando lo peor. Una tarde en el bosque, Eurídice muere mordida por una serpiente. El enamorado, desesperado, mueve el cielo y la tierra y consigue convencer a los dioses para bajar al infierno. Con su canto y su lira aplaca la ira del barquero Caronte y del monstruo Cancerbero, guardianes de las puertas de la muerte. Consigue Orfeo el favor divino para sacar a su amada del mundo de los muertos. La historia es famosa. Solo saldrán con una condición, que Orfeo confíe en lo prometido y no vuelva su cabeza hacia atrás para mirar a Eurídice hasta que salgan del Hades. Pero no lo consiguió, cuenta Virgilio en las Georgicas que estaban a punto de ver los rayos del sol, pero Orfeo no pudo resistir y giró su cabeza para comprobar que su Eurídice le seguía. La tragedia estaba servida. Orfeo se vuelve a por su amada, quien le estira los brazos. Estaban a punto de cogerse, sus manos juntas, pero una fuerza divina empuja a Eurídice hacia atrás, convertida ya para siempre en una sombra inalcanzable para Orfeo.
Me estaba preguntando qué hubiera pasado si Orfeo hubiera alcanzado las manos de Eurídice. Porque alguna vez las historias podrían terminar bien, ¿no?